El punto ciego del guionista:

Por qué no puedes leer tu propia obra

Tu guion no necesita un lector. Necesita una mirada.

Terminas el guion. Cierras el archivo. Y hay un momento —breve, honesto— en que sabes que no puedes evaluarlo tú.

No porque sea malo. Sino porque llevas meses dentro de él.

Conoces a los personajes mejor de lo que los has escrito. Sabes lo que querían decir aunque no lo dijeran. Entiendes el giro porque lo construiste tú. Esa intimidad, que es lo que hace posible escribir, es también lo que hace imposible leer lo que escribiste.

Ahí es donde entra el consultor de guiones.

No es un corrector. No es alguien que reescribe tu historia con otra voz. Es alguien que lee tu guion exactamente como lo leerá el ejecutivo de la productora, el jurado del concurso, el agente que recibe doscientos guiones al mes. Con distancia. Sin el contexto que solo existe en tu cabeza.

Esa distancia vale más de lo que parece.

Un análisis profesional no te dice si la historia es buena. Te dice si lo que está en la página es lo que creías que estabas poniendo. Si la tensión que sentías al escribir la escena realmente llega. Si el personaje que para ti era complejo aparece en el texto como complejo o como confuso. Si el giro que te parecía inevitable era inevitable o era solo lógico para alguien que ya sabía el final.

La diferencia entre un guion con potencial y un guion competitivo no suele estar en la idea. Está en si la ejecución traduce tu intención para que un tercero la sienta sin necesidad de que tú estés ahí para explicarla. Está en si la ejecución está a la altura de la idea.

Y eso no se puede ver desde dentro.

Si sientes que tu guion está listo pero no estás seguro de si ‘pasa al otro lado’, hablemos. Analicemos dónde termina tu intención y dónde empieza el texto. 

Ahí es donde empieza el trabajo real.

Scroll al inicio